Batalla a medianoche.

martes, 23 de junio de 2009

 


Miré sin expresión alguna cuesta abajo… mi armadura relucía como una estrella en medio de la oscuridad, cada vez que la luna se asomaba entre las nubes que abarrotaban el cielo de medianoche.


Observaba cada detalle, cada movimiento, cada golpe. La sangre corría como ríos en el campo de batalla, mientras yo impasible, sostenia mi arco, el carcaj de flechas colgaba de mis caderas rozando mi pierna izquierda, una espada tipo estoque susurraba su aliento frío en mi espalda.
El aire con olor a muerte sopló jugando con mi cabello salvaje, los rizos bailaron sobre mis hombros… ¡Otro de los míos caía! Miré de nuevo… el ejército enemigo no era algo por lo cual sentirse tranquilo, sin embargo, nada podría hacer huir mi serenidad, observé sus armaduras negras, sus cabellos negros ondulando en el aire, sus colmillos afilados contra las gargantas de mi gente…


Seguramente ni siquiera se habían dado cuenta de mi presencia, pues todos sus sentidos se concentraban en derrotar al enemigo. En esta tierra de nadie, donde se extendía un amplio prado bordeado por los bosques, era poco probable que un humano se asomara si quiera por casualidad. Y sobre aquella colina, se podía ver absolutamente todo, los enemigos, los aliados, los generales, los capitanes… pero…. ¿Dónde estaba él?


Había hecho mi camino hasta esta guerra, abandonado mi vida de nómada, simplemente para poder verle… rumores sobre la sombra había llegado a mis oídos elficos: “El príncipe oscuro saldrá de su guarida para acabar con los elfos de la tierra de Moonwell”


Pero el aura fría del príncipe oscuro no flotaba entre ese mar de guerreros, que gritaban su nombre para infundirse valor, y despertar temor en sus adversarios. Repasé de nuevo silenciosamente la escena, esta vez me detuve en los generales, que observaban en la retaguardia el avance de su ejército. Sus armaduras negras y puntiagudas tenían un brío opaco, sus capas de pana descansaban sobre el lomo de sus caballos, sobre los cuales estaban sentados, observando en primera fila lo que ocurría.

De pronto de entre las sombras de ese día triste y gris, salió él, montando un caballo negro, con ojos de fuego, su largo cabello lacio brillaba como el agua de un mar de medianoche, y su rostro estaba oculto bajo un casco con forma de demonio, sujetaba las riendas tranquilamente, su ancha espada única en su clase, colgaba amenazante al lado izquierdo de su cintura de novillo. Pude sentir como la atmósfera cambiaba drásticamente, al entrar en escena aquel ser tan celestial como despótico y terrible.


No pude evitar reprimir un ligero escalofrío al verlo, después de tanto tiempo… parecía ser el mismo que había conocido una noche como esta, gris, húmeda y triste… se quedó ahí hasta el final de la batalla, como era costumbre en su ejército: nada de sobrevivientes, ni prisioneros de guerra.


Avanzó complacido entre el jardín de cadáveres buscando al general de los elfos, quien se levantó moribundo y tambaleante con su arco, a unos cuantos metros de él. Los soldados oscuros retrocedieron, pues su líder con una simple indicación de su mano izquierda les había ordenado retirarse. Sin bajar de su caballo, continúo su avance hasta mi compatriota.


- ¡Muere demonio! –susurró débilmente el elfo soltando su última flecha dorada-


El príncipe sonrió maliciosamente y sin detenerse, alzó su mano derecha y atrapó la flecha ágilmente…


- General Nassean… que casualidad encontrarnos de nuevo aquí… por última vez.
- Moonwell nunca será tuyo.
- Eso está por verse.


Sonriendo sacó su enorme espada y en un abrir y cerrar de ojos, atravesó la vida del general… sacudió su arma de la sangre fresca y la guardó de nuevo en su vaina. Dio un par de indicaciones a su ejército y se quedó observando su victoria, lentamente desvió su mirada hacia la colina donde me encontraba y posó sus hermosos ojos escarlata sobre mí… no pude moverme, ni articular palabra alguna, pero no perdí mi serenidad, no podía, no iba a demostrarle miedo, ni ningún sentimiento… le correspondí a los ojos, su mirada penetrante.


- Isilwen… -susurró-


Lo miré unos segundos más, él tampoco se movió y al parecer no tenía intenciones de atacarme, me di la vuelta y comencé a caminar…


- Así que aún sigues vivo… -susurré entre los árboles-


Las pocas y finas aberturas que se formaban en el cielo desaparecieron y frías lágrimas cayeron de las nubes… lloraban la pérdida de los hijos de las estrellas. Pero, yo no iba a permitir que llegara al corazón de mi tierra, aunque me había desligado de ella por un tiempo… seguía siendo mi hogar…


- Tal vez es hora de presentarme de nuevo en la capital. –sonreí mientras la lluvia humedecía mi rostro-

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