Una noche en Transilvania.

jueves, 23 de julio de 2009

 


Sin atreverme a respirar muy fuerte, abrí los ojos con un poco de miedo por lo que iba a ver, sin embargo, la escena que recordaba del castillo era muy distinta a lo que mis ojos veían en ese momento. Sí, el castillo seguía igual de descuidado que siempre, pero lucía más triste y tétrico que de costumbre.


¿Cómo había llegado ahí? Eso no podía recordarlo, pero ahí estaba de nuevo, en aquella gran cama de sábanas de seda, que tantos años me había abrigado en las frías noches de Transilvania.
Me levanté atontada, parecía que la cabeza me iba a estallar, el dulce aroma de un té de rosas me levantó el ánimo, estaba sobre una mesita, acompañado de unas galletas y una rosa roja al lado derecho.


Tomé la rosa sonriendo, era como su firma, una rosa de rojo carmesí, como mi sangre… ¡Mi sangre! Me toqué el cuello en busca de posibles heridas, pero estaba liso como siempre. Miré a mí alrededor, esperando verle en cualquier momento, esperando a que saliera de las sombras. Pero nada… las dos columnas de humo se entrelazaban con gracia bailando sobre la taza de té.


Estaba muriendo de hambre, y por lo pronto esas galletas y el te, calmarían mi apetito. Al terminar mi cena tardía y solitaria me levanté y vi por la ventana, el crepúsculo comenzaba a pintar brillantes estrellas en el cielo nocturno. Aquel paisaje no había cambiado, me di la vuelta y comencé a caminar, me sorprendió encontrar la puerta medio abierta. Comencé mi recorrido por el castillo que me era tan familiar, busqué primero en su habitación, estaba vacía, cerré la puerta y caminé por los salones, todos hermosos, pero… vacíos.


Ya había recorrido casi todo el castillo cuando escuché el dulce sonido del violonchelo, caminé al cuarto de música, y ahí… sentado a la luz de la luna, estaba él. Con su cabello azabache cayendo como una dulce cascada nocturna en sus hombros, y sus ojos cerrados, disfrutando de la música. Iba vestido con aquella ropa elegante que tanto le gustaba y que tan bien le sentaba, sin embargo, su expresión era triste y aquella melodía melancólica respaldaba mi teoría.
Al terminar sonreí, sin volverse dejó escapar un largo suspiro…


- Buenas noches… ¿Descansaste?
- Sí… -respondí con timidez-
- Te encontré en medio del bosque, estabas fría y varios lobos te vigilaban de cerca, así que traje aquí.


Se levantó y me miró con esos ojos dorados que no había visto por tanto tiempo.


- Gracias –sonreí-


Avanzó despacio, y se detuvo frente a mí por unos segundos lo dudó un poco y luego me abrazó, su abrazo era distinto… algo había cambiado en él, estaba débil y delgado…


- ¿Qué ocurre? –pregunté preocupada- Estás más frío que de costumbre.
- No es nada… -susurró con su cabeza apoyada en mi hombro-


Me soltó y comenzó caminar de regreso al cello, pero en el camino tambaleó y calló, corrí hasta él y tomé su brazo para ayudarlo a levantarse.


- ¿Estás bien? –pregunté preocupada-


Al quedar cerca de mi cuello sus ojos resplandecieron, luego me apartó lentamente y giró su cabeza cubriendo su hermoso rostro avergonzado.


- Discúlpame… -dijo débilmente-


Sorprendida lo miré…


- ¿Desde cuando no te alimentas? –pregunté-
- Ya lo olvidé…-musitó-


Se puso de pie como pudo y se acercó a la ventana…


- Puedes irte mañana mismo si así lo deseas.


Miraba la noche perdidamente dándome la espalda…


- No puedo dejarte así –me acerqué tímidamente a él-
- No puedes hacer nada por mí.
- Quiero ayudarte- lo abracé apoyando mi cabeza en su espalda-
- Si te fuiste, era porque no querías estar aquí.


Me situé frente a él, desabotoné mi blusa blanca e hice a un lado mi cabello, dejando libre el cuello. Él pareció estremecerse, apretó los puños y retrocedió…


- ¿Qué estás haciendo? –preguntó confundido-
- Tienes que alimentarte… anda, toma un poco de mi sangre.


Me miró confuso, pero a la vez sus ojos brillaron, sabía que estaba sediento…


- ¿Por qué lo haces… por lástima?
- No –le respondí con ojos tristes- es porque… te quiero.


Sus ojos sorprendidos me atravesaron en ese instante, dio un paso hacia a mí, y me rodeó con sus fríos brazos…


- Yo también te quiero…-murmuró-


Su dulce aliento atontó mis sentidos y sentí sus labios sobre mi cuello, entonces… sus afilados colmillos penetraron mi piel, con dos punzadas de dolor, que pronto desaparecieron al escuchar como bebía mi sangre. Mi corazón se agitó dentro de mí y me sonrojé.
Poco a poco fui cerrando los ojos hasta perder la noción de todo a mí alrededor. Los sonidos se hacían más lejanos cada vez, luego solo escuché sus susurros en la oscuridad…


- Gracias por regresar-dijo dulcemente-

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